Miriam Moro: ser joven y militante en los 70

Miriam Moro: ser joven y militante en los 70

#Insurgentes I Hay una genealogía que nos permitió llegar hasta acá. En esta sección de Reveladas compartiremos biografías de mujeres y disidencias que se abrieron paso en sus territorios y apostaron a la lucha y el trabajo colectivo. Ellxs se plantaron en contextos hostiles, lucharon por los derechos de todxs y muchas veces fueron silenciadas por los relatos históricos. En el marco del Día del Desaparecidx repasamos la historia de vida de la rosarina Miriam Susana Moro, desaparecida durante la última dictadura militar. Su militancia se inició durante la etapa del secundario y continuó en la universidad vinculada al trabajo barrial. Su familia obtuvo justicia mediante los juicios por delitos de Lesa Humanidad desarrollados en la ciudad.

Por Cecilia Alonso / Profesora de Historia

“Miriam y yo hicimos un viaje a Bariloche en el 72… estábamos en el centro y pasa una chata toda destartalada con un señor con un megáfono anunciando un acto… era el aniversario de la muerte de Evita… y entonces se fue a los barrios, conoció el otro Bariloche, el que no conoce nadie, a participar del acto. Estuvo todo el día en las villas homenajeando a Evita” Ana Moro, 2015.

La protagonista de esta historia de vida es Miriam Susana Moro, militante rosarina desaparecida por la última dictadura militar argentina. Su camino es una historia que trasciende su individualidad: es la historia de una familia, de la militancia y el compañerismo. Es una vida que, como muchas, dejó marcas y recuperarla es un imperativo. Porque no solo debemos reconocer a las “grandes” figuras de la Historia, sino también, a esas vidas que integraron colectivos que impulsaron el cambio social.

Desde sus inicios la vida de Miriam fue parte de algo más, porque Miriam es la hermana gemela de Ana, y su historia comienza de a dos: Miriam y Ana Moro nacieron en Rosario el 20 de junio de 1952. Pasaron sus primeros años en Crespo, Entre Ríos, y luego su familia se trasladó a su ciudad natal donde comenzaron los estudios primarios. La infancia de las gemelas transcurrió en el barrio La Florida, rodeadas de naturaleza, pasaban los días jugando con amigas yendo al balneario y visitando familiares. Su padre las asoció a una biblioteca barrial y los veranos las encontraba leyendo en las horas de la siesta.

En 1965 iniciaron el secundario en la Escuela Superior de Comercio. Al año siguiente, el país ingresaba en un nuevo período dictatorial que sería uno de los disparadores para el despertar político de la juventud argentina. Las hermanas, de hecho, fueron parte de un intento de creación del centro de estudiantes de la escuela. Por su parte, Miriam comenzó a destacarse como uno de los mejores promedios al tiempo que tomaba contacto con las discusiones políticas de la época: la Revolución Cubana y los movimientos de liberación. Su paso por el secundario fue también un período de definición de personalidades: Miriam era la estudiosa y Ana la más transgresora, incluso el director de la escuela las llegó a separar en cuarto año para que Miriam no fuera por “mal camino”. Las hermanas llevaron una vida social muy activa, iban a bailes, viajaban, hacían deporte. Ana recuerda aquellas noches de extensas conversaciones que tenían hasta la madrugada al llegar de las fiestas, se contaban todo mientras jugaban al ajedrez. Durante esos años Miriam conoció a Roberto De Vincenzo, en el mismo Superior, quien se convertiría en su novio.

A principios de los años 70 la familia Moro se mudó al barrio de Pichincha, momento en que las hermanas comenzaron a cursar sus estudios universitarios y sus caminos empezarían lógicamente a bifurcarse. Miriam se inscribió a la carrera de Psicología en la Facultad de Humanidades y al poco tiempo inició su militancia en la Juventud Universitaria Peronista, su novio, Roberto, también se sumó a ese espacio, pero desde la Facultad de Ciencias Económicas. Su hermana, en cambio, se inclinó por el trotskismo, motivo de arduos debates entre ambas. La militancia de Miriam y Roberto se desplegó en distintos ámbitos y de a poco fueron haciendo de esta actividad una identidad: en la universidad Miriam fue parte del Centro de Estudiantes, en los barrios populares colaboró con tareas comunitarias y en lo que concierne estrictamente a militancia partidaria fue una de las que encabezó la organización de la JP Regional de Entre Ríos. De hecho, el mismo día de las elecciones presidenciales de marzo del 73, Miriam pasó toda la jornada en Santa Elena promoviendo la participación popular en los comicios y la que fue a votar en lugar de ella por la fórmula Cámpora-Solano Lima fue Ana, a quien, a pesar de sus diferencias políticas, le confió su documento y su voto.

En abril de 1974 Miriam y Roberto se casaron y en octubre nació su primer hijo. Tras la muerte de Perón, en julio de ese mismo año, la situación para la joven familia comenzó a complicarse. La persecución a los militantes revolucionarios perpetrada desde la Triple A se hacía sentir entre las filas de la JP y Miriam vivió un primer secuestro a fines del 74 junto con otros cuatro compañeros en un local partidario, del cual salieron torturados pero con vida gracias al accionar de los vecines. Para ese entonces Miriam y Roberto ya habían dejado de usar sus nombres personales por seguridad. En 1975 tuvieron que abandonar la universidad y se incorporaron a Montoneros.

A principios 1976 nació su segundo hijo, un mes antes del golpe. Sumarse a la lucha revolucionaria les implicaba ir dando pasos hacia la clandestinidad. La persecución era un hecho insoslayable, había bajas entre sus compañeres y eso los obligaba a ocultarse cada vez más y a tener que mudarse con cierta frecuencia. Miriam intentaba llevar una vida “normal” sosteniendo vínculos con familiares y amiges, dando lo mejor de ella a sus hijos, sin embargo, el miedo se manifestaba en su propio cuerpo con síntomas de gastritis. Ella sabía que ponía en riesgo su vida, tenía miedo y se sentía perseguida, pero su convicción era más fuerte. Aún siendo consiente que podría dejar solos a sus hijos elegía el camino de la lucha por un mundo mejor para ellos y, en realidad, sabía que, aunque ella no estuviera, sí iban a estar su madre, su padre y su hermana Ana para cuidarlos.

El 26 de septiembre se mudaron una vez más a una casa en zona sur que nadie sabía dónde se ubicaba. Ana, quien los ayudó con la mudanza, tuvo que ingresar con los ojos cerrados. Ese mismo día Miriam le contó que estaba embarazada y que había decidido tenerlo. Ana recuerda, y no sabe si fue casualidad, que en esa última conversación hablaron también de la muerte. Al día siguiente, el 27 de septiembre de 1976, Miriam salió temprano junto con un compañero a volantear en moto y no volvió. A la tarde, Roberto salió a buscarla. A pesar de las advertencias y pedidos de familiares y amiges, intentó encontrar a su compañera a costa de exponer su propia vida. Roberto tampoco regresó.

Luego de la desaparición de ambos, Ana y su madre comenzaron la complicada tarea de encontrar la verdad mientras se hacían cargo de los hijos de Miriam y Roberto. En ese proceso Ana fue secuestrada y allí se enteró por sobrevivientes que su hermana y su cuñado habían sido asesinados. Una vez liberada tuvo que transmitir a la familia el testimonio. En 1983, luego del retorno a la democracia, pudieron reconstruir las últimas horas de vida de Miriam: ella fue secuestrada por la patota de Feced, torturada, fusilada dos días después en un camino rural de Casilda y enterrada en el cementerio de la ciudad como NN. Sus restos no pudieron ser recuperados porque fueron luego llevados al osario. Los restos de su marido fueron restituidos en 2010. En 1985 su madre y la madre de Roberto se integraron a la Asociación Madres de Plaza de Mayo.

Los juicios contra los represores de Miriam y Roberto se encuadran en la megacausa Feced. La reparación mediante la Justicia llegó en parte en 2012, en el primer tramo del juicio que condenó con la pena máxima de prisión perpetua al principal imputado: el general Díaz Bessone. La causa continuó en una siguiente instancia con altas condenas para otros integrantes de la patota Feced en el 2014. En 2020, un nuevo tramo, se ampliaron las condenas y se incorporó por primera vez a la causa perspectiva de género al considerar los abusos sexuales como delitos de lesa humanidad. 

Este artículo se basó en el libro “Miriam y Roberto, una historia de amor en tiempos de lucha. Por siempre jóvenes”. Agradecemos a Ana por darnos la posibilidad de publicar la historia de su hermana.

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