Una pedagogía disidente

Una pedagogía disidente

Columna mensual de la Asamblea Permanente por la ESI Rosario.

En el mes del Orgullo, y atravesadxs aún por la emoción y la alegría fruto de la reciente conquista de la Ley del cupo laboral travesti-trans en nuestro país, abrimos esta columna.

Los nombres de Lohana Berkins y Diana Sacayán abrazando este nuevo derecho, ponen en escena décadas de incansable lucha del activismo travesti-trans, y nos hablan de insistencias colectivas y también de ausencias. Nos invitan urgentes a relanzar preguntas a nuestros territorios pedagógicos, a no distraernos entre tanta circular ministerial e intentar habitar la fragilidad cotidiana. Porque nuestras vidas en las escuelas también están hilvanadas de insistencias y de ausencias, aunque pareciera que a veces la burocracia se alimenta a base de “buenas intenciones” y hay presencias que valen más que otras. En esa línea hoy queremos reflexionar sobre experiencias y sentires respecto de cómo habitualmente se aborda la “Diversidad Sexual” en las instituciones educativas. Para ello imaginamos dos preguntas disparadoras: ¿cuándo y cómo “aparece” la diversidad sexual en la escuela? y además, ¿cómo podemos desmontar la matriz heterosexual en nuestras prácticas pedagógicas?    

La organización de la vida escolar -distribución de espacios y tiempos, formas comunicativas, actividades, roles asignados, entre otros- se caracterizan por un marcado binarismo y resulta muy complejo desmontar los muchos registros de presunción de cisheterosexualidad que circulan a diario y desde su configuración original. Sólo basta mirar la formación en filas de varones y mujeres, los baños, las clases de educación física, los uniformes. Y, junto a ello, nos encontramos repetidamente con mensajes ministeriales o de directivxs con intenciones de pensar una “escuela inclusiva”, en la que de cualquier modo nunca quedan bien explicitados los fundamentos y modos del abordaje de la diversidad sexual. Se producen así coreografías fragmentarias y gestos espasmódicos, que se parecen más a la corrección política que a la garantía de derechos. 

La diversidad sexual suele “aparecer” en la escuela, siguiendo a la escritora, maestra lesbiana y activista de la disidencia sexual, val flores, como UN caso – UNA excepción – UN problema, y la mayoría de las veces luego de una situación de discriminación o acoso a la que se debe dar respuesta. Esta modalidad supone una serie de riesgos importantes. Por un lado, circunscribe la situación a un marco individual y produce un reforzamiento de las narrativas victimizantes vinculadas a la diversidad, cómo las únicas posibles e identificables. Por el otro, promueve la des-responsabilización institucional de brindar condiciones de habitabilidad a todxs lxs estudiantes en su pluralidad de experiencias y deseos. En otras palabras, deberíamos dejar, por un momento, de preguntar “¿quién está siendo discriminadx?” o, “¿los derechos de quién están siendo vulnerados?” y más bien devolvernos la inquietud y desafiarnos a responder ¿estamos promoviendo derechos iguales para todxs? ¿De qué manera nuestra práctica pedagógica -en sus múltiples aspectos – aloja y refleja la diversidad sexual y de géneros del mundo?

Profundizando en esa línea, Blas Radi, activista de DDHH, profesor de filosofía y co-coordinador de la Cátedra Libre de Estudios Trans, plantea que de lo que se trata es de poner en cuestión la matriz misma de subjetivación que constituye a “mujeres”, “hombres” y al “resto”. Es necesario y urgente que las instituciones educativas revisen aquellos haceres-pensares-sentires que establecen jerarquizaciones entre identidades generizadas. Es necesario y urgente no llegar “siempre tarde” y después de que los derechos se vulneren.

Mara Gomez, jugadora trans de fútbol semi-profesional, cuenta en una entrevista que en su escuela secundaria la directora le propuso “usar el baño de discapacitados para evitar ciertas incomodidades”. Mara visibiliza un modo de intervención escolar recurrente, que va produciendo con eficacia “lo otro” de lo normal; entonces nos interrogamos: ¿alcanza con izar la bandera de la Diversidad una vez al año y cumplir con la efeméride? ¿Basta con enumerar identidades y orientaciones sexuales? Perpetuar el paradigma de la tolerancia y fomentar el respeto a lo “diferente” es no cuestionar la cis-heterosexualiadad como norma. ¿Y si nos tomamos en serio lo de “hay que empezar por el principio, lean atentamente la consigna …”?

Se le suma a esta complejidad la incesante campaña de desinformación y tergiversación de los sectores antiderechos. Su última cruzada fue la presentación de un proyecto en la Cámara de Diputados del Congreso Nacional que prohíbe la utilización de lenguaje no sexista. No podemos permitir este retroceso que implicaría la invisibilización de identidades porque ya sabemos que “lo que no se nombra, no existe”.

Lxs docentes y estudiantes tortas, putxs, bisexuales, trans, travas, no binaries existimos. 

Y esta es también una invitación al cuerpo docente a reflexionar sobre nuestros posicionamientos. ¿Podemos  reconocernos como sujetxs sexuadxs, “entrar enterxs a las aulas” y no como “espíritus descorporizados”? ¿Podemos poner en juego el eros pedagógico y el deseo en nuestras aulas/patios? ¿Qué “destinos subversivos del género” construimos en las escuelas para los cuerpos de lxs estudiantes?

Ph foto portada Martina Haure (@martihaure)


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