Orellano: “Nuestra lucha es legítima porque es por derechos laborales”

Orellano: “Nuestra lucha es legítima porque es por derechos laborales”
“Elegí el camino de la militancia social porque entendí que mi realidad no iba a cambiar quedándome sola en una esquina, renegando con la policía y viendo como zafaba de la mirada moral de vecinos y vecinas. Y, sobre todo, abracé la lucha sindical porque una vez que entré al sindicato me llevé un montón de herramientas, entendí que el trabajo que realizaba no era un delito, entendí por qué sentía mucha vergüenza y culpa, y pude sentarme con mi familia y contarle a qué me dedicaba”

Quien habla es Georgina Orellano, actual secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y autora del libro “Puta feminista: historias de una trabajadora sexual”, que este mes salió al ruedo tras dos años de que ella comenzara a escribir las primeras páginas. 

Es abril, hace una semana que el libro recorre las librerías del país, el sol del otoño da de lleno en la casa de Filiberto al 1700, en el barrio de Constitución, y Georgina se predispone a charlar con Reveladas en un día que, según cuenta, es mucho más calmo que la agitada rutina semanal en la que ahí mismo funcionan un comedor, asistencia jurídica, trámites para el DNI, articulaciones varias y todo lo que cualquier trabajadora sexual que golpee la puerta necesite. 

La primera pregunta es obvia, ¿por qué el libro? “Fue una propuesta que me hizo la editorial “Penguin Libros” en el 2018 cuando di con la editora, Ana Pérez, que nos conoció a partir de las discusiones en las asambleas feministas, de cara a los 8M y todo lo que había generado la reapertura del taller de trabajo sexual en los Encuentros”, cuenta la dirigente de tan solo 35 años. 

Confiesa que tuvo sus dudas, si bien venía plasmando en sus redes sociales muchas de las experiencias cotidianas, individuales y colectivas, en torno al trabajo sexual, la relación con clientes, las situaciones con la policía, escribir un libro representaba un desafìo no menor, “me tuvieron mucha paciencia, me dieron mis espacios y tiempos para encontrar la manera de, a través de una historia individual, poder también escribir por qué me acerqué al sindicato, como conocí su lucha, cuales fueron las primeras experiencias de las trabajadoras sexuales en los espacios feministas, cómo es dialogar con el Estado, experiencias que nos atravesaron estando sindicalizadas y también cuando no conocíamos qué derechos teníamos”, resume para describir los ejes centrales del libro.

“Algunas cosas las hemos hecho sin ponernos a pensar mucho, como ir a los Encuentros Nacionales, sabíamos que íbamos a perder por goleada, pero era ir y saber que, con lograr que una persona salga replanteándose su posición sobre nuestro trabajo ya era ganancia”. Las batallas contra los prejuicios, los estigmas y la mirada moral nunca les fue ni les es fácil, hay una sociedad preparada en cada rincón de sus estructuras para señalar, violentar y no escuchar. 

“Sabemos que nuestra lucha es legítima, es por nuestros derechos laborales. Quienes elegimos el camino de la militancia sindical y social, pese a las adversidades, siempre seguimos, porque no queremos que ninguna compañera pase por las situaciones que tuvimos que pasar estando aisladas en la esquina”, dice contundente. 

El libro cuenta la historia personal, las experiencias laborales, las decisiones individuales de su autora, la bisagra que significó “sacarme la mochila de culpas de encima y contarle a mi familia, porque sí mi familia me aceptaba lo demás no me importaba, y así fue”, y recorre al mismo tiempo las construcciones colectivas que permitieron la conformación de AMMAR, su crecimiento y su lugar actual. 

Georgina Orellano – Autora del libro “Puta Feminista: historias de una trabajadora sexual”

“Nuestra principal demanda como colectivo es que se reconozca el trabajo sexual como trabajo, que podamos tener derechos laborales, obra social, realizar aportes jubilatorios y derechos sociales porque al ser un sujeto inexistente, atravesadas por la criminalización y el estigma, eso hace que nos alejemos de todas las instituciones estatales”, afirma la dirigenta y agrega “queremos que nos deje de perseguir la policía, que se nos deje de condicionar por el no reconocimiento, por la criminalización y sobre todo por el peso moral y la mirada social”.

La clandestinidad en la que deben ejercer su trabajo mostró su cara más cruda en pandemia, cuando las desigualdades sociales existentes no solo quedaron al descubierto sino que se agudizaron como consecuencia de la crisis social y económica del contexto. “Hemos recorrido los lugares donde nuestras compañeras vivían en pandemia para acercarles alimentos, asistirlas, fuimos a las pensiones, hoteles de familia, viviendas precarias y ahí nos enfrentamos con el abuso al  que nos expone la clandestinidad de nuestra actividad. Había muchas compañeras que pagaban -pagan- fortuna por una habitación en un espacio precario, con condiciones hacinadas e insalubres”.

El vínculo con el Estado no es fácil, a las trabas burocráticas y los tiempos que se extienden mucho más de lo que la realidad demanda, se suman las posturas manifiestas que cierran puertas al momento de pensar políticas públicas para el sector. 

“Siempre depende de qué puerta vayamos a tocar. En algunas oficinas nos topamos con posiciones más cercanas al abolicionismo que tienen funcionarios, y sobre todo funcionarias, y a partir de eso se genera una tensión que lamentablemente no da respuesta a las problemáticas que llevamos en ese momento. Diferente es en las oficinas que tienen que ver con regularizar la situación migratoria de compañeras, realizamos operativos en varias sedes de AMMAR con Migraciones y lo mismo con Desarrollo Social, cuando hemos solicitado ayuda alimentaria”. Sin embargo, las mayores barreras están “en las áreas donde se tienen que diseñar políticas públicas para nuestro colectivo, terminamos atajando penales ante la urgencia, pero no hay una política concreta y transformadora”. 

Orellano no tiene dudas de que “el camino es la discusión con el Estado” y asegura que “no puede seguir siendo espectador o mirando directamente para otro lado. Se beneficia de esa división que se pone dentro de los feminismos en torno a nuestro trabajo, en algunos lugares cuando hemos ido a llevar nuestras problemáticas las funcionarias nos dicen, ‘y esto es un debate que tensiona mucho a los feminismos’, pero lo cierto es que tienen un rol estatal y sus respuestas no pueden basarse el temor a lo que se diga, así no se lleva adelante la ampliación de derechos”. 

El sindicato busca interpelar al Estado y propone: “hay que generar una mesa de diálogo con todos los sectores y construir políticas públicas para todas, el Estado tiene que tener una mirada superadora y concreta de lo que sucede en el territorio. Si no se quieren embarrar que se dediquen a otra cosa”, exclama la entrevistada. 

Casa Roja – Constitución

Casa Roja, es la sede del sindicato que se inauguró el 2 de junio de 2019, como parte de la decisión estratégica de poder intervenir de manera inmediata ante las situaciones diarias de las trabajadoras en la zona. “Venir acá fue un crecimiento muy grande, lo decidimos porque las demandas y las bases nos lo pedían. Si bien tenemos aún nuestro local en la CTA nacional en San Telmo, allá iban muy pocas compañeras, acá vienen de todos lados y podemos actuar ante la violencia policial, el desalojo y las situaciones de calle. Es una mayor responsabilidad, pero gracias a la militancia son muchas las compañeras que sostienen desde el comedor hasta las articulaciones y asistencias diarias”.

Desde sus inicios, el sindicato de las putas es parte de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), “siempre hubo un acompañamiento y mucho aprendizaje nuestro sobre cómo dialogar con el Estado, cómo priorizar las reivindicaciones, cómo hacer política. Nos han dado muchas herramientas para discutir, para entender por qué hay en ciertos sectores más resistencias, han sido un gran apoyo y no hubiese sido lo mismo para AMMAR”

La charla continúa, y va hacia un lugar candente, los vínculos con los feminismos. “Cuando nos acercamos vimos que había posturas muy antagónicas pero nosotras no éramos parte de esa discusión, era abolicionistas versus regulacionistas, lo ponían como una confrontación y lo siguen haciendo, pero la verdad es que en todos los espacios donde hemos ido se discutía un montón sobre nosotras y después terminaban los encuentros y volvíamos a la esquina y nuestra realidad seguía siendo la misma”. 

Orellano es clara al señalar: “A ciertos sectores les sirve más discutir en la práctica desde lo teórico, de lo que podría llegar a ser, el mundo ideal que deberíamos tener, pero a nosotras nos gusta debatir lo que nos pasa ahora, estamos de acuerdo que tenemos que vivir en una sociedad justa, libre, igualitaria, pero mientras eso no suceda por qué nos niegan derechos a nosotras, y nos castigan cuestionándonos un montón de cosas que no se le cuestiona a ningún otro sujeto perteneciente a la clase trabajadora. En la sociedad vemos un montón de compañeros atravesados por la explotación y las malas condiciones laborales incluyendo quienes aún con trabajo registrado no pueden mejorar su calidad de vida porque el salario que tienen no alcanza para la canasta básica familiar, pero nadie está diciendo hay que abolir esos trabajos porque son super explotadores”.

Las desigualdades de género también están atravesadas por la clase social, el origen migrante, la descendencia, la orientación sexual. “Hay un estructura super racista en la sociedad, todas las trabajadoras de la economía popular sabemos cuál es nuestro color de piel, y el por qué de las resistencias, y también quienes son los que hablan y quienes son los cuerpos que sostienen y le dieron de comer a los barrios, son las mujeres pobres de los sectores populares, fueron muy pocos los feminismos que se acercaron para resistir a esa precarización que quedó totalmente en evidencia producto de atravesar una pandemia sin derechos laborales. Hay un claro corte de clase, no puede ser que no se pueda poner lo del desalojo, la vivienda, la violencia institucional en el centro de las demandas feministas”. 

Antes de cerrar, el recuerdo de lo que fueron las vacaciones de verano de este año en el complejo de Chapadmalal, reivindicación del turismo social, del derecho al disfrute, al descanso. “Cuando pensamos en las vacaciones lo hicimos como una política de cuidados sobre todo para ofrecer a las trabajadoras la posibilidad de vacacionar a precios económicos, fue para las compañeras que estuvieron dos años sin parar sosteniendo el comedor, la asistencia en los barrios, las recorridas, las articulaciones con el Estado, e incluso de varias filiales nacionales. En principio se habían anotado unas cien pero por el Covid fueron desistiendo, finalmente fuimos unas cuarenta la primera semana de enero. La pasamos muy bien y nos permitió fortalecer lazos, conocer la historia del lugar y del turismo social, toda la política de la Fundación Eva Perón”. 

Tapa del libro – Penguin ediciones

Foto portada Ph Paula Sarkissian

Euge Rodríguez

Euge Rodríguez

Licenciada en Periodismo en Universidad Nacional de Rosario. (@RodriguezEugeOk)