“La chica que me ayuda”: historias de trabajadoras de casas particulares

“La chica que me ayuda”: historias de trabajadoras de casas particulares

«Mi abuela me enseñó todo: A limpiar, lavar los platos y la ropa. Desde los seis años me ponía un fuentón de lata, el jabón y yo tenía que lavar. Ella quería que aprenda para un futuro». Alejandra Pacheco nació en Goya, Corrientes, una ciudad que está a la orilla del Río Paraná, allí vivió hasta los 14 años con su abuela. Se fue de la provincia porque aquella no pudo tramitar la jubilación y la plata no le alcanzaba para seguir haciéndose cargo de su crianza.

Hacía cuatro años que sus padres y hermanos se habían mudado a Rosario y Alejandra llegó para convivir con ellos por primera vez. Cuando cumplió 15 le pidieron que deje la escuela y le consiguieron su primer trabajo como empleada doméstica: fue en una casa ubicada en la zona sur de la ciudad. «Tenía que tomar dos colectivos y me pagaban la hora nada más. Si trabajaba cuatro horas, dos eran para el transporte», recuerda.

Según los datos recogidos en el informe 8M en perspectiva económica elaborado por el CEPA en 2025, las trabajadoras de casas particulares pertenecen a uno de los sectores con los salarios más bajos de la economía argentina y la mayoría está en la informalidad. Esa precarización es uno de los factores de desigualdad de género más contundentes ya que del total de personas que forman parte de esta rama, el 98% son mujeres, de acuerdo con el informe Las trabajadoras de servicio doméstico en Argentina realizado por Ecofeminita que recoge los datos del 1er trimestre de la EPH de este año.

“Siempre me dediqué a mi casa y me encargaba de todo. Cuando empecé a trabajar dije “bueno, yo acá no soy una empleada” y ahí comencé a repartir las tareas”. Giuliana Chamorro tiene 33 años y dos hijas: una de 15 y otra de 5. Se fue de su casa cuando tenía la edad de su hija mayor y desde entonces vive con el padre de las niñas. “Yo nunca trabajé y cuando vi que la plata no alcanzaba empecé a hacerlo a escondidas. Mi marido no quería saber nada de que yo trabaje”, cuenta Giuliana y recuerda que su cómplice fue su suegra. Vivían todos en la misma casa y mientras ella salía a limpiar un salón de pilates, su hija quedaba al cuidado de su abuela. Cuando ella falleció no pudo continuar con ese trabajo.

Historias que se repiten

Alejandra y Giuliana tienen varias cosas en común aparte de la ocupación: ambas interrumpieron sus estudios secundarios, las dos sintieron miedo y vergüenza cuando comenzaron a trabajar en casas ajenas, las mujeres de sus familias también se dedican al trabajo de limpieza o de cuidados, los lugares en los que trabajan son redes de gente conocida que las fue recomendando y las dos se sienten orgullosas de lo que hacen.

Sus historias no son casos aislados, sino que responden a una generalidad dentro de la rama a la que pertenecen. Según el informe elaborado por Ecofeminita que fue citado con anterioridad, las trabajadoras que realizan tareas domésticas y de cuidado en hogares particulares representan casi un 14% dentro del total de ocupadas mujeres en Argentina. Como Alejandra, muchas trabajan en provincias diferentes a aquella en la que nacieron: mientras que en la población general un 10,3% vive en una provincia distinta a la de su nacimiento, entre las trabajadoras domésticas ese porcentaje asciende al 15,8%. En el caso de migrantes de países limítrofes, la proporción es del 6,7%, más del doble que en la población general. «Acá no pude estudiar porque mi mamá me decía ‘Tenés que trabajar, no podés estudiar, tenés que ayudarnos en la casa'», cuenta Alejandra.

Si bien Giuliana nació en Rosario, la historia de su familia también está atravesada por la migración: sus tías llegaron desde Villa Ocampo buscando mejores oportunidades y se instalaron en la ciudad: “Dos de mis tías trabajan en casas de familia mientras que mi mamá y mi otra tía trabajan para una empresa”. Hace dos años, cuando volvió a trabajar fuera de su casa, fue una de sus tías quien le abrió las primeras puertas. Como no podía seguir limpiando un departamento le hizo la propuesta: “Sobrina, ¿querés trabajar?”.

La doble jornada que no se ve

«La mujer es la que más trabaja, por más que el hombre trabaje 8 o 9 horas, cuando llega a la casa ya está, es como que ya terminó su día laboral», reflexiona Alejandra. Esta realidad se replica en numerosos hogares: el trabajo reproductivo es invisible, no remunerado y recae mayoritariamente sobre las mujeres. Giuliana coincide, pero durante largos años encargarse sola de las tareas domésticas fue algo natural. «¿Por qué mami cuando cocina tiene que poner la mesa, levantar los platos y lavarlos?», recuerda que preguntó un día su hija mayor. La respuesta fue reorganizar la dinámica familiar: «Si mi mamá cocina, vos ponés los platos, yo los levanto», le dijo a su papá. Hoy en su casa se encargan de la limpieza de manera conjunta.

Desde hace años, quienes hacen una lectura de la desigualdad de género desde una perspectiva económica, enfatizan la importancia de estas tareas para la sociedad: Sin comida hecha, sin compras realizadas, sin cuidado de niños y personas dependientes, sin ropa limpia, los procesos productivos no se pueden llevar a cabo. Lo que ocurre es que, en la mayoría de los casos, estas tareas las realizan las mujeres del hogar. Muchas de ellas a pesar de tener un trabajo afuera de la casa, como los varones, cuando su jornada termina afuera, continua adentro.

«A veces nos dicen ‘Uh, trabajás de empleada doméstica, no te pagan nada’ o ‘¿Qué ganás limpiando la mugre de los demás?'», cuenta Alejandra. Sin embargo, ella es tajante: «A mí no me da vergüenza decir “soy empleada doméstica”. A mí me gusta, más con los patrones que tengo. Cuando tengo que hacer un trámite y me preguntan de qué trabajo yo digo que soy empleada doméstica. Si tuviera un título diría eso, pero no, esto es lo que yo sé hacer».

Alejandra le dedica ocho horas por día al trabajo y a veces más. Arranca todos los días alrededor de las ocho de la mañana y termina a las cuatro o cinco de la tarde. Los sábados también trabaja tres horas y trabaja en cuatro casas diferentes.

“Al comienzo tenía vergüenza de estar ahí limpiando mientras estaban las chicas y que me digan algo, que si estaba mal o qué sé yo», recuerda Giuliana. Sin embargo, cuenta que ahora se siente cómoda en todos los departamentos en los que trabaja y logró armar una rutina que le permite gestionar su vida familiar. “Trato de manejarme en el horario en que mi hija está en el jardín. Eso siempre aclaré: que la prioridad son mis hijas. Si tengo reunión, voy a ir a la reunión, no voy a trabajar. Así me fui acomodando con todos y todos se acomodaron a mis horarios”. Actualmente tiene seis llaves colgadas en su casa. A cada una le puso una chapita con el nombre porque sino “se le hace un quilombo” y trabaja en un solo lugar por día. Dependiendo del tamaño del departamento tarda entre dos y tres horas en limpiarlos.

Las dos valoran especialmente el buen trato y el respeto a sus horarios por parte de sus empleadores, una realidad que no todas comparten. “En mi primer trabajo entré como niñera, pero tenía que hacer todo. Después vino la mamá del hombre, era una señora grande que me decía “hace esto, me hace lo otro” y el sueldo era monedita, no sé si era porque me veían muy chicas o qué”, recuerda Alejandra de su primer trabajo al que renunció porque cuando planteó un ajuste en sus honorarios se lo negaron, a pesar de que le habían incrementado el volumen de tareas y responsabilidades.

La informalidad como norma

«Yo no me quejo del sueldo porque a mí me pagan bien, pero tengo vecinas que no están registradas y ganan mucho menos, aunque a veces trabajan más horas”, observa Alejandra. Para ella, el problema es estructural: «Siento que las empleadas domésticas no tienen un buen sueldo y no tienen muchos beneficios. Si querés sacar un préstamo o sacar un electrodoméstico, presentas el recibo y si no tenés las horas completas que ellos te piden, no te dan nada, no te valoran nada». Alejandra está registrada hace 17 años, desde que empezó a trabajar con una familia por recomendación de su mamá: «Susana me tomó a prueba un mes. Hablamos, me dijo lo que quería, cómo nos íbamos a organizar y al mes me dijo ‘Bueno, te quedas conmigo’ y me puso en blanco». Por primera vez tuvo acceso a derechos laborales y a la posibilidad de pensar en una jubilación futura. “Yo trabajo 9 horas con Susana en la semana y ella me tiene registrada como que trabajo todo el mes, por la obra social. Porque con las horas que trabajo no me puedo afiliar a ninguna».

La formalización, sin embargo, es una excepción en el sector. Los números de un informe publicado en abril de este año por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) lo reflejan: un 77% de las trabajadoras domésticas no percibe descuento jubilatorio. Asociado a esa falta de registro, según Ecofeminita un 69,3% no cuenta con vacaciones pagas, un 68,8% no percibe aguinaldos, un 70,9% no percibe el pago en caso de enfermedad y un 75,1% no cuenta con cobertura de salud mediante obra social. “La empleada doméstica es la más castigada”, dice Alejandra.

Giuliana es una de las trabajadoras del sector que no está registrada. «Mi tía me enseñó lo que tenía que cobrar. Por ahí me preguntaba ‘Sobrina, ¿cuánto estás cobrando?’ Tenés que aumentar una vez al mes por lo menos porque vos no estás anotada». Antes los aumentos los establecía de forma arbitraria según los consejos de su tía, ahora se basa en el precio de la nafta ya que su medio de transporte es una moto. Sin embargo, no le pagan en todos los departamentos lo mismo. Cuando comenzó tampoco sabía que tenía que cobrarles a los empleadores el precio del boleto de colectivo, algo que también aprendió de su tía. “Cuando tuve la moto ya no cobraba el colectivo y uno de los chicos con los que trabajo me dijo, «Giuli, vos tenes que cobrar igual porque es un viático eso. Nosotros te lo vamos a empezar a pagar». Así fue como estableció que a todas las personas con las que trabaja les iba a cobrar un monto extra en concepto del gasto que representa el viaje. Los aumentos, sin embargo, los comunica por mensaje de texto porque le da vergüenza hacerlo en persona.

Uno de los principales límites que tiene este sector es el carácter atomizado del trabajo, que no permite unir reclamos ante los patrones y el Estado, lo que deja a las trabajadoras en una situación de vulneración de derechos. Se vuelve muy importante el rol del sindicato de trabajadoras de casas particulares para poder sintetizar los reclamos del sector. Además, se vuelve necesario el control y la penalización desde el Estado ante los casos de no registro.

«Me gustaría que otras empleadas domésticas tengan el mismo trato que tengo yo, porque está bueno que te valoren. A mí me tocaron personas muy buenas que me hacen sentir en familia. Entonces me gustaría que puedan valorar más a las empleadas domésticas», dice Alejandra. Su deseo no es individual: es el reclamo de miles de mujeres que sostienen, con su trabajo invisible, el funcionamiento de la economía.

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