El parto como hecho político

El parto como hecho político

Cuando me dijeron que si se pasaba la fecha probable de parto más de una semana había que inducir -quizás me habló de sufrimiento fetal y no lo recuerdo-, yo no pregunté nada. Acepté. Porque no se me ocurría preguntar, porque confiaba en el saber, porque soy hija de profesionales y porque siempre me puse nerviosa cuando rendía finales, sentía que nunca iba a llegar. 

Tenía 30 años cuando nació Genaro, un recorrido en la academia y en la vida. Y no pregunté. 

Lo que yo sentí violento, en un sanatorio privado, con un obstetra que durante el embarazo sentí compañero, fue una práctica, en un momento determinado en el que la vulnerabilidad, el miedo, el desconocimiento de mi propio cuerpo a punto de parir, las fantasías, las ilusiones, y las voces externas e internas, me invadían. 

Me interné a las 00hs del 13 de mayo de 2011. Intenté dormir en esa camilla, en una sala pequeña y fría. A la madrugada, quizás fue a las 4 o a las 5 am, alguien me introdujo una pastilla de oxitocina. Cerré los ojos unas horas más.

Cuando desperté, quería caminar. Ya tenía puesta una bata, sin bombacha, abierta detrás. Yo quería caminar. Y caminé por el pasillo, atestado de familiares.

Al mediodía, sentí que me había hecho pis encima. A eso le llaman “romper bolsa”. Desde ese instante, ya no me dejaron pararme ni caminar más. Me enchufaron un aparato al lado, el famoso monitoreo, que yo escuchaba pero no entendía bien porque latía fuerte. ¿Estará bien así?, pensaba.

Las contracciones empezaron a hacerse cada vez más intensas. Por primera vez, escuché una meditación guiada, echaron a mi mamá de la sala, y yo intentaba recordar lo aprendido en el curso preparto.

El obstetra venía de vez en cuando, con olor a pipa, a ofrecerme “ayuda”. Dije que no hasta que acepté.

Para mí fue angustiante tener que pedir peridural, pero no daba más. Mis piernas no daban más. Mis abdominales no daban más. Y el pibe tenía una gran cabeza.

Me acuerdo que mientras iba pujando, el obstetra me dijo: “te estoy haciendo un cortecito para que salga”.

En ese momento yo pensé, sí, ¡hace lo que sea para que salga!

Y salió. Y no me permitieron saludarlo. Ni me lo pusieron encima. Ni nada de eso que recomiendan en un posparto.

Tanta fuerza había hecho pero el APGAR daba bajo.

-¿Qué​ significa eso?

-Que no respira bien- me dijeron.

-¿No puedo darle un beso?

-Mamá, un minuto que se pierde es vital.

Y vi cómo se lo llevaban de urgencia.

También me acuerdo que cuando entré en la neo, a las once de la noche, lo vi en la incubadora y me vi en él.

Las enfermeras no podían creer que era un recién nacido. Se creyeron que tenía dos meses.

Y yo lo único que quería era acurrucarme junto a él.

Dos o tres días después, pude ponerlo en mis pechos urgidos, y ahí, sentí que finalmente, había parido.

De eso hace diez años.

Ya existía una ley que desconocía, quizás porque aún no tenía tan claro mi feminismo, quizás porque confiaba en el “saber médico”, quizás porque estaba vulnerable y asustada.

Hoy, que estoy informada, que resignifiqué esos momentos, que sé que podría haber elegido el modo por más que haya parido en un sanatorio privado, y por más que intenten convencerme de que “hicieron lo que había que hacer”, sé que fui una más a la que no se le respetó ni sus necesidades ni sus deseos, ni inclusive, su estar vulnerable.

Por eso creo, que hay que seguir militando esta verdad, la del parto como hecho político. La del parto como momento de la mujer. La del parto como decisión personal. La del parto como un derecho más que tenemos que ganar.

#PartoRespetado #MiCuerpoMiDecisión


Bernarda Guerezta

Bernarda Guerezta