Construir nuevas formas de amor

Construir nuevas formas de amor

Opinión

Por Lucila Mansilla / Psicóloga feminista*

Hacia fines del año pasado en la Argentina empezamos a escuchar muy de a poco en los diferentes medios de comunicación, la palabra coronavirus. Se decía que era una enfermedad que estaba apareciendo en China y que lxs epidemiólogxs, infectólogxs y médicxs  no sabían cómo tratarla, desconociendo de dónde provenía. 

Fueron pasando los meses, y me atrevo a decir que sólo un pequeño porcentaje de nuestra población mostraba interés y preocupación por “este tal” coronavirus, incluso cuando aparece el primer caso el 3 de marzo en nuestro país, muchas personas siguieron con su vida cotidiana. A medida que aumentaban los contagios, de un momento para otro la sociedad en su totalidad empezó a tomar dimensión de lo que significaba el peligro de la pandemia. Sumado a la medida del aislamiento social, preventivo y obligatorio, “este tal” como algo ajeno, de índole imaginaria, pasó a ser EL coronavirus como algo significativo, de índole real, que nos acecha todos los días.

Estamos viviendo una situación inédita, inesperada, que para la inmensa mayoría es la primera vez que se vive algo así de manera global, es un virus que causa una enfermedad; no sabemos nada de ella; muchas personas se contagian fácilmente y pueden morir. 

De manera tal que esta situación puede leerse desde esos tres ejes. ¿Qué quiero decir? Pensemos: es una enfermedad, y como suele suceder, a las enfermedades se las cataloga como algo malo, ante lo que todxs queremos escapar, por ejemplo, nos negamos a hacernos algún estudio médico por miedo a que nos digan que tenemos algo, genera temor esta palabra. Y no solo es temor, sino que también solemos pensar que todo lo que pasa a nuestro alrededor es ajeno a nosotrxs, nunca nos va a pasar nada, nos convencemos de que somos invencibles.

Aún así esta enfermedad nueva no sólo nos da temor por lo que genera, sino que también nos vino a correr de esta posición de que nunca nos va a pasar nada, a la posibilidad de que sí. Sumado a esto, es una enfermedad de la cual no sabemos nada de ella, no se sabe si aparece sólo con el frío, y se va con el calor, o si el calor también ayuda a que se propague, no se sabe cómo apareció exactamente, ni cuándo se va a ir, no se conoce la cura. Es decir, que la información con la que contamos es muy acotada, por lo cual nos genera mucha incertidumbre.

Por último, para sumarle un condimento más, se propaga de manera muy rápida, muchas personas murieron y el número va a seguir aumentando; por ende, sólo tenemos dos certezas: se contagia fácilmente y hay posibilidad de morir. Esto genera por un lado un estado de paranoia constante por miedo a contagiarnos, sintiendo lo síntomas aún cuando no existen, y viendo como posible amenaza a toda persona con la que tenemos contacto; y por el otro la posibilidad de morir. La muerte es un significante del que no sabemos nada, lo único que conocemos es la angustia que nos genera, siendo posible no sólo la muerte propia, sino también la de nuestros seres queridos.  

Una vez decretada la cuarentena no sólo empezamos a transitar momentos de miedos, preocupaciones y paranoias sino que también estamos en un proceso de duelo constante. Sí, esta pandemia y el estar en aislamiento hacen que estemos en duelo todo el tiempo: la libertad, porque ya no podemos salir a la calle; el trabajo, porque ya no podemos ir a trabajar; las reuniones sociales, las reuniones familiares, el salir con amigxs, hacer actividad física, los encuentros sexuales, hacer los mandados, salir a pasear, todas aquellas cosas que hasta hace menos de una semana las hacíamos con total naturalidad y nos generaban satisfacción, hoy estamos impedidxs de hacerlas. El no poder realizarlas nos significa una pérdida, y como toda pérdida genera mucha angustia, ansiedad, e incertidumbre; en su mayoría no somos seres para estar encerradxs sumado al contexto por el cual lo estamos. 

Además de que no estamos acostumbradxs a estar encerradxs, no todxs lxs argentinxs contamos con los mismos derechos efectivos, es decir, no todxs contamos con una vivienda digna, no todxs tenemos agua potable, luz y gas, no todxs tenemos un ingreso económico estable, y no todxs estamos cómodxs y segurxs con quiénes vivimos, por ende, el encierro no significa para todxs lo mismo, pero sí, todxs tenemos pérdidas, aunque también las pérdidas son subjetivas, depende de cada sujetx.

Desde que estamos aislados hay algunas preguntas que están circulando: ¿Hasta cuando tenemos que estar en cuarentena? ¿Hay vacunas para combatirlo? ¿Cuándo va a dejar de existir? ¿Cómo va a quedar nuestro país y el mundo una vez que esto termine? ¿Cómo va a afectar a la economía? La realidad es que ninguna de ellas por el momento tienen respuestas, y sólo generan incertidumbre y preocupación, aun así es esperable que en estos momentos nos empecemos a preguntar un montón de cosas, y que se ponga en juego nuestra salud mental. 

¿Cómo podemos transitar el aislamiento de una manera más grata? 

En varios medios escuchamos recetas sobre cómo hacerlo: Hay que hacer ejercicios, hay que seguir respetando los horarios de siempre, de bañarnos y cambiarnos, de hacer todas las comidas -en la medida que sea posible-, de jugar con lxs hijxs y entre adultxs también, entre otras.

En mi opinión, es muy importante no estar mirando todo el día los noticieros, porque al estar informándonos todo el tiempo nos aumenta la ansiedad, es preferible pasar esas horas haciendo algo que nos distraiga, lo que a cada unx le guste más: Escuchar música, inventar recetas y cocinar, leer, hacer el amor, bailar, gritar, cantar, jugar, mirar películas y series -si no son acerca de la temática que estamos viviendo mejor-, etc. De todos modos, es razonable que en algunos momentos del día nos aparezcan pensamientos que nos generen angustia y dolor pero lo ideal es no permitir que nos paralicen. 

Además en estos momentos hay que darnos lugar a conectarnos con unx mismx, y con el otrx, cosa que por la coyuntura en la que vivimos no estamos acostumbradxs. Solemos vivir corriendo, de un lado a otro, comiendo en la calle lo que encontramos, llevando a lxs hijxs a la escuela y de ahí a otras actividades para tenerlxs ocupadxs todo el día; solemos no preguntarnos cómo nos sentimos, ni por nuestro deseo, sólo hacemos lo que el sistema capitalista nos pide y espera de nosotrxs, no le preguntamos al otrx como está, muchas veces ni lo registramos; estamos acostumbradxs a ir por la vida sin mirar para el costado, sólo para adelante, porque la meritocracia nos dice que todo lo que tenemos es gracias a lo que hacemos y que por eso tenemos que vivir mirando hacia el futuro; solemos no abrazarnos ni a nosotrxs mismxs ni al otrx, no solemos decir cuánto queremos a la otra persona, porque mostrar nuestros sentimientos es mostrarnos vulnerables, y el sistema nos quiere fuertes; no solemos estar sin hacer nada porque nos da culpa, y porque el estar relajadxs y distendidxs nos puede llevar a preguntarnos cosas que nos generen dudas, angustias, y no queremos saber nada de ellas, las tapamos, porque somos sujetxs felices, o al menos es lo que se espera que seamos. 

Es momento de frenar, porque el contexto no los pide, pero de poder reflexionar sobre “este frenar”, ¿frenar para qué? para amarnos, para amar, para cuidarnos y cuidar a las personas que queremos, para pensar y empatizar con el otrx. Muchxs se habrán dado cuenta que en momentos así de tanta angustia y ansiedad lo que buscamos es estar conectados a las personas que queremos, otra vez me atrevo a decir, que muchas personas empezaron a utilizar la videollamada, para hablar, para verse con la otra persona, y contarse cómo están pasando la cuarentena y sin darse cuenta estuvieron hablando un buen rato. Esto es gracias a la tecnología, a veces amada y otras odiada, que nos permite con solo apretar un botón vernos, hablarnos y sentirnos más cerca, achicando distancias. También habrán aumentado las charlas -si es que te toca vivir la cuarentena con alguien-, los abrazos, las lágrimas, el contarle al otrx tus miedos, el cómo te sentís y profundizar algunas angustias, esto significa el mostrarse más humano. A esto lo llamo construir nuevas formas de amor en tiempos de cuarentena.

*Lucila Mansilla es psicóloga egresada de la Universidad Nacional de Rosario.

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