Adolescencia en tiempos de hiperconectividad

Adolescencia en tiempos de hiperconectividad

En el último tiempo, los registros de suicidios o intentos de suicidios adolescentes demuestran que se trata de una problemática que interpela directamente a la sociedad. Según el Boletín Epidemiológico Nacional (BEN) Nº 758 (años 2023-2025), entre abril de 2023 y abril de 2025 se registraron 15.807 intentos de suicidio reportados al Sistema Nacional de Vigilancia en Salud (SNVS). En ese período, las tasas más altas de esos intentos se concentraron en adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años, sobre todo en mujeres.

Lejos de buscar un único factor determinante, es clave comenzar a repensar las condiciones concretas de existencia y garantía de salud mental que se brindan incluso desde las políticas públicas y las instituciones, con las familias encabezando a estas últimas. Factores como un mayor aislamiento social presencial y un mayor incremento del consumo de pantallas, fomentan la preocupación y la necesidad de interrumpir la vista de los dispositivos para retomar el contacto consciente y el diálogo activo con el entorno.

“Estamos hablando de un incremento en cuanto a cuadros de autolesión, angustia, depresión, ideas suicidas, intentos de suicidio. Los adolescentes están manifestando más angustia y dolor emocional desde más temprana edad y con mayor intensidad”, explicó a Reveladas la Lic. en Psicología Mariana Collomb (Mat. 4454). Sobre ello, la psiquiatra integrativa Begoña Cabrera (Mat. 20902) resaltó: “Es alarmante el incremento cuantitativo y cualitativo de la expresión clínica de malestar en pacientes adolescentes jóvenes”.

Las adolescencias en la era de la hipercomunicación

La vulnerabilidad social, la desconexión familiar, la exposición constante a contenidos de violencia, fenómenos sociales como el bullying y ciberacoso, son algunos de los factores que se combinan con la fragilidad emocional característica de la adolescencia.

Sucede que la adolescencia en sí misma es una etapa, para algunos autores, definida como “storm and stress” (tormenta y estrés). En ella se concentran los inicios de la conquista de la propia identidad a partir de internalizar distintas identificaciones, gestionar emociones, duelar la infancia para dar lugar a la conexión y encuentro con un nuevo cuerpo, un nuevo desarrollo hormonal y sexual, el paso a nuevas emociones e intensidades y la presentación de nuevas responsabilidades, todo ello a través de la mediación del mundo que los adultos que rodean a esas adolescencias puedan facilitar. Entonces, si bien existen ciertos desarrollos inherentes al propio adolescente, los adultos continúan siendo guía para que estos procesos se vayan encausando lo más saludablemente posible.

Sin embargo, en estos últimos años, a este lugar también comenzaron a ocuparlo las pantallas. Esas guías, esos “cómo”, aparecen mediados por mensajes constantes que, de diversas formas, irrumpen en las pantallas de los dispositivos tecnológicos que los adolescentes ya tienen en su poder. Una infoxicación que se acrecentó notoriamente tras el atravesamiento social y cultural del confinamiento y aislamiento social a raíz de la pandemia por Covid-19.

“La pandemia marcó un antes y un después. El aislamiento, la pérdida de rutinas, la falta de contacto con pares, el incremento del uso de las pantallas”, son algunas de las características de este período que fueron moldeando las subjetividades adolescentes, según detalló Collomb. En muchos casos, este período atravesó a niñxs en su último año de primaria, en el ingreso a la educación secundaria, etapas clave para el desarrollo psicoemocional.

Pero, además, la competencia constante que el mundo actual conlleva también se transmite constantemente en las pantallas. “Estamos en un mundo mucho más competitivo, cambiante, exigente, y saturado de estímulos. Todo es inmediato, hay una búsqueda de satisfacción rápida, los adolescentes y niños incluso se aburren o pierden el interés rápido, todo tiene que ser a otro ritmo más acelerado”, resaltó la profesional.

“En este momento todo pasa por las pantallas. Hay mucha cuestión con el cuerpo, con la autopercepción de la imagen, con la demanda social y cultural del cuerpo, con lo que se espera del otro, también incluso han cambiado las expectativas educativas y de formación, hay mucha aspiración a formar parte de este mercado de lo digital”, agregó, por otra parte, la psiquiatra.

Así, el rendimiento, la comparación constante, la apariencia, empiezan a cobrar una mayor relevancia a partir de vivir en un mundo hiperconectado en donde gran parte de los contenidos a los que se está expuesto son “más violentos, autodestructivos”. Como resultado, la poca interacción real cara a cara (con su consiguiente y genuino interés por el encuentro presencial), conlleva mayor sensación de soledad y poco sentimiento de pertenencia.

Todo ello, además, se traslada al mundo adulto que, según Collomb, cuenta también con estos síntomas reflejando una sociedad “que no logra conectar ni ofrecer espacios de escucha”. Para Cabrera, habitarse en esta época hace que “los lazos familiares y sociales que en otro momento estuvieron conteniendo y sosteniendo, ahora están bastante ausentes”.

Volver a conectar con los procesos

“Yo creo que los adolescentes se sienten totalmente ajenos a un ritmo adulto que transcurre a otro ritmo, a familias que se estructuran dentro de cotidianidades que van de acá para allá, de obligaciones laborales, económicas, de mucho malestar, de quejas. En esa vorágine el adolescente está muy desdoblado, lo mismo pasa en la comunidad educativa y en todas las comunidades que están estructuradas por adultos que hoy en día afrontar un malestar social y en la cultura extremo, y no hay lugar para alojar a ese adolescente en construcción de identidad”, resaltó Cabrera.

“Lo que más escucho es que se sienten poco comprendidos, que los adultos minimizan sus emociones, poco valorizados, que no se validan sus emociones o que todo el tiempo los presionan para ser mejores, que los comparan con otros amigos o hermanos, que les piden todo el tiempo hacer más. Además, necesitan la presencia de los adultos como guía más que nada para lograr todo esto. Una guía, un apoyo, el acompañamiento que en la adolescencia es de otra manera, estando, escuchando, se buscan adultos más accesibles y empáticos, más coherentes con su accionar”, subrayó Collomb.

Ambas profesionales coinciden en que las adolescencias están atravesadas por un mundo en donde cada vez se ofrece más información aunque sin lugar para su procesamiento. Se les exige más, se les pide que sean cada vez más competentes, casi perdiendo de vista su psiquismo en desarrollo.

Así, frente a un mundo adulto acelerado, hiperexigente y permanentemente absorbido por las pantallas, la adolescencia necesita presencia, escucha y continuidad. Es decir, espacios donde lo importante no sea la inmediatez sino el recorrido, la construcción y el sostén. Recuperar esa mirada procesual es, hoy más que nunca, una forma de cuidado de la salud mental y, por supuesto, una forma de prevenir el malestar emocional grave que pudiera conllevar la intolerancia al proceso de la vida misma.

Garantizar el acceso a espacios de cuidado de salud mental

“La falta de oferta pública marca que es difícil acceder a lo privado por cuestiones económicas, sumado a los prejuicios, la falta de articulación de escuela y familia”, indicó Collomb.

Para Cabrera, “la salud pública tiene una deuda con la salud mental porque la accesibilidad es muy por debajo de la gran demanda. Para las familias eso es una gran barrera porque en lo privado muchas veces lo económico impide acceder a un profesional calificado o capacitado”. En ese sentido, tanto el sector privado como público terminan generando barreras que deben replantearse.

Asimismo, sostuvo Collomb: “Sería importante reforzar la inversión en salud mental infantojuvenil, capacitaciones de equipos escolares, espacios de atención accesibles, políticas de detección temprana”. Todo ello, incluso, abordado desde la escuela o instituciones donde los adolescentes participen, a modo de psicoeducación que fomente espacios de escucha, de diálogo, de resiliencia.

En este aspecto, Cabrera reforzó: “En lo público se podría abrir un poco más de luz a que haya equipos, formación y equipos especializados para hacer una intervención primera, la cual es muy difícil y termina llegando a través de recomendaciones de redes sociales, o el boca en boca, que hace que las familias se la pasen haciendo consultas y el abordaje que debería llegar a tiempo no sucede”.

Comenzar a hablar de estas cuestiones sin pantallas de por medio y con un mayor compromiso político y social, constituye tanto un derecho como una necesidad. Resulta clave, entonces, generar condiciones reales de cuidado, acceso y tiempo para que cada proceso subjetivo pueda desplegarse sin quedar a merced de la velocidad y la violencia del mundo contemporáneo. Volver a crear entornos donde la palabra tenga lugar, donde el dolor sea nombrable y donde la vida joven no quede reducida a un síntoma, es una tarea colectiva impostergable. Volver a soñar, a imaginar un futuro posible, aunque aún incierto, es una responsabilidad de la sociedad toda.

Ante cualquier señal de riesgo (propio o de un tercero) se puede recurrir al Centro de Salud, hospital, profesional de referencia o llamar al 107.

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